LA GRAN HECATOMBE
Casi de forma imperceptible estamos
llegando hasta un punto de no retorno hacia la consecución de un cambio trascendental en la forma de convivencia de los españoles. Si hace un año el Gobierno socialista inició la senda del contubernio silencioso, haces ya tres que pone por obra su único interés particular y partidista por encima del bien común, de la convivencia en armonía. Son caminos trazados a medida que se trascurre por ellos, improvisadamente, pero con un final más que evidente: España
debe dejar de ser lo que es, para convertirse en algo distinto. A ciencia cierta, igual no se sabe qué se pretende que sea, aunque, evidentemente, no se desea verla como es. Para ello, desde el mismo hecho de desvirtuar la esencia de una institución como el Ejército, convirtiéndolo en una fuerza solidaria, pacífica o humanitaria, hasta la trasmutación de ancestrales
figuras sociales, que, en aras de un pseudo progresismo se pretenden demoler y sustituir por artificiales formas de convivencias. Y ello no obstante el más que acreditado fracaso de políticas sobre la violencia de género, sobre intervencionismo empresarial, o sobre configuraciones de igualdades de género prefabricadas por ley. Así, lenta pero con firmeza, se está produciendo la inmersión de nuestra sociedad, en otra distinta, en la cual todo cuanto sea conveniente para el fin determinado de antemano se convierta en natural y asimilable.
Este extremo, es de tal profundidad que se puede convertir en el arma o el instrumento que de carta de naturaleza a todo cuanto se proponga desde el Gobierno, para el fin deseado. Lo cual es tanto como decir, que desde su inicio de singladura el gobierno socialista ha dejado de lado la moral, la ética, el bien común, como impronta de su actividad política. Todo para él es ética y moralmente correcto, si es eslabón para llegar a la cima. Y ello es así, por la sencilla razón de que se halla en posesión del suficiente número de votos para ratificar su actuación, sea la que sea, como correcta, política y socialmente. Estamos gobernados por un grupo de políticos que carecen de toda moral, tanto personal como colectivamente. Un grupo de políticos que ha logrado aglutinar a su alrededor los suficientes instrumentos humanos y mediáticos para andar sobre seguro en esa singladura. Los acontecimientos no tienen límite, ni mesura, a la hora de alcanzar metas.
En estos precisos instantes son tres las que se adivinan: El cambio social completo, el cambio territorial completo, y el cambio de sistema completo. El colofón de todo ello sería, forzosamente, la victoria electoral del socialismo del Presidente y el establecimiento de un nuevo régimen, intervencionista, estatalista, doctrinario y sectario. No se trata de argumentos catastrofistas, sino del análisis que conduce a tales conclusiones.
Evidentemente, una sociedad en la cual los valores se transmutan a conveniencia, se eliminan por pura decisión aritmética, se vacían sin sustitución alguna; una sociedad a la cual se le está imbuyendo desde todos los estamentos mediáticos gubernamentales o pro gubernamentales, que su meta debe ser el bienestar, sin más, eliminando todo compromiso, toda obligación, todo esfuerzo, no puede llegar a ser sino una sociedad blanda, dócil, entregada, sin espíritu. Y una sociedad cambiada hacia el servilismo, es una sociedad manejable a voluntad del poder. No resulta, pues, extraño que se esté contemplando cómo, sin ninguna reclamación popular, se hayan modificado, sustancialmente, normas estatutarias que establecen igualdades, bilateralidades, blindajes, permitiendo que unos gobiernos autonómicos puedan controlar la política estatal, mientras que ésta no puede ni solicitar información acerca de las actividades de aquellos. El silencio ciudadano ha sido clamoroso, ante los hechos consumados, y ante el resultado de tales hechos. Es la aplicación, una vez más, de lo conveniente políticamente hablando, en lugar de lo correcto socialmente hablando. Se negocia con todo lo humano, con olvido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, para alcanzar la meta prevista; la aplicación del poder sin control popular, como consecuencia de la vacuidad de la colectividad. Así vemos como Catalunya se rebela contra decisiones judiciales que considera no convenientes, anunciando crisis a escala imprevisible. Como también vemos que desde Galicia se pretenden ampliaciones territoriales en base a entelequias históricas, o como el territorio foral de Navarra, reino de reinos, es una pretensión que no es negada en forma rotunda por el Gobierno. El gran engaño de la paridad, de la igualdad de género, de la dependencia, se repite cuando se trata de establecer con claridad cuáles son las cuestiones que no se admitirán como moneda de negociación. La ambigüedad es el arma de los necios, y el instrumento de los mentirosos. Necedad y mentira que no son sino el trasunto de la inmoralidad de un gobierno que no juega limpio con nadie.
Sin duda alguna, un país se desmorona, económica y cívicamente, por su base principal: la aplicación de la Ley. La seguridad jurídica y la igualdad en su aplicación son los pilares fundamentales de todo Estado que se precie de vivir y regirse por el Derecho. Por tal motivo, cuando se contemplan conductas de forzamiento de la norma, de interpretación en fraude de la legislación, de exégesis laxa y a conveniencia de la ley, todos los fundamentos de la sociedad se tambalean. Ya no se trata de aplicar más o menos acertadamente la ley, sino de intuir que ésta se maneja a conveniencia del orden político interesado. La ley deja en tales momentos de ser iguales para todos, de ser el parámetro de todas las conductas, para supeditarse al poder político y a sus intereses partidistas. En tales circunstancias, la impunidad reina y la complicidad gobierna. Cuando un procesado se permite engañar a la Justicia, sin coste alguno, cuando un imputado durante meses ve como la acusación es retirada, cuando el chantaje y la exigencia es la continuidad del engaño, de la complicidad, de la impunidad, los cimientos de la sociedad libre se resquebrajan, entrando en el gran escenario de la inseguridad jurídica. Una inseguridad que surge tanto de la tolerancia del Ministerio Fiscal, como de las conductas y expresiones de la misma Fiscalía. Es ésta la que está reclamando una modificación de la normativa para ser eximida de la persecución del delito, buscando el cobijo de una situación jurídica surgida de la conducta política. Estamos ante el grito en petición de un cambio de la Ley de Partidos políticos, del Código Penal, de los reglamentos de prisiones, que abra las puertas a todo aquel mensajero de la paz que así sea considerado por el Gobierno. Hemos entrado con la liberación encubierta del etarra de Juana, y la retirada de la acusación en pleno juicio de Otegi, junto con la pasividad ante los atentados callejeros, o ante las cartas de extorsión económica, o la no investigación del atentado del 30 D, en el campo de la entrega al chantaje, la rendición al proceso y el abajamiento de la moral jurídica a petición de parte. Una parte que, cada día y cada hora, pide y pedirá más y más. Con comunicados o sin ellos, lo cierto es que, el Gobierno socialista, abocado completamente en una senda que dice de paz, camina en paralelo con otra senda, por la cual transita el gobierno de ETA, la cual conduce, indefectiblemente, a la independencia del País Vasco, a la anexión de Navarra, y a la configuración de la Euskal Herria reclamada a tiro de pistola desde hace cuarenta años. Desde tal posicionamiento, ya no hay justo ni injusto, moral o inmoral, bueno o malo, verdad o mentira; para el gobierno socialista solamente existe un valor alcanzable, la paz a cualquier precio, con cualquier coste, con cualquier final. Y dentro de ese precio estamos perdiendo la equidad, la justicia, la solidaridad y la verdad. Un precio demasiado elevado para pagarlo sin que no tenga, además, un coste añadido. Un coste que no puede ser otro sino la propia dignidad como nación, como pueblo soberano, que está dejando de serlo por mor del resentimiento, el ansia de poder, y la mediocridad moral de unos gobernantes que han antepuesto su futuro al porvenir de toda la Nación.
No resulta, pues, extraño que, en estos momentos, cuando se nombra a la Corona, como la gran ausente de este escenario, se intuya que cualquier movimiento que desde ella se produzca puede tener consecuencias nefastas para el sistema. Si está puesto en tela de juicio la misma Transición del 78, si se consideran muertes más éticas las sacas republicanas, si se pone a discusión la legitimidad de la Corona por surgir del régimen franquista, si se alaba el espíritu democrático de la Segunda República, si se pretende recuperar todo el acervo republicano, es más que evidente que, superado el escollo etarra, auspiciado un nuevo periplo socialista, el paso evidente será el ofrecimiento a la decisión popular de un cambio de sistema, de régimen monárquico por otro republicano. Esa es la deriva que tomó el gobierno socialista y que, indudablemente, está recorriendo paso a paso, plazo a plazo, tiempo a tiempo. La España como nación, debe dar paso a la España nación de naciones, y por lo tanto innecesaria para los distintos ámbitos territoriales creados mediante la reforma estatutaria. Desde tal instante, con el consabido España será lo que los españoles decidan, a semejanza de lo que los navarros quieran¸ o los gallegos o los andaluces o los canarios, la España secular quedará desdibujada, arrinconada, para dar paso a un bodrio territorial confederado, en el cual la cabeza visibleforzosamente deberá ser cambiada, sustituida, para adecuarla a los nuevos tiempos. No caerá rodando por el empedrado de Sol, ni de Alcalá, pero sí deberá iniciar su tránsito sin volver la mirada atrás.
Ese es el análisis que se entresaca de todo el acontecer diario, que un Gobierno, en un momento de supuesta lucidez se atrevió a pergeñar, contando con el beneplácito inconmensurable de un hombre que odia todo lo español, todo humanismo, y que está dispuesto a poner en juego todas sus armas, medios e instrumentos para lograr una nueva victoria del sectarismo estatalista del actual Gobierno socialista. Un hombre que exige la existencia de una derecha laica, sin entender que ya existe, y que como tal puede estar imbuida, aunque sea levemente, de un humanismo cristiano que antepone el hombre y la justicia, por encima de todos los intereses estatales. Tal error es la expresión más diáfana de la idiosincrasia, del talante, del carácter del colectivo que gobierna esta nación. Un colectivo, radical y doctrinario, intolerante y lascivo, inmoral y sectario, que precisa de un correctivo electoral para no resurgir con más vitalidad y fortaleza hacia el engreimiento estatalista. Se está caminando hacia el completo desarme ético y moral, legal y judicial, social y educativo, de nuestra sociedad, en la cual todo estará permitido y consentido siempre que tenga los votos de la mayoría, con independencia de su bondad o maldad. Todo será relativo, nada firme, todo tolerable, nada exigible, todo permitido, nada comprometido.
Es la gran hecatombe que un hombre surgido de la nada, con un puñado de votos será capaz de convertir en realidad, si desde el próximo 27 de mayo, el pueblo soberano no le para los pies con un cúmulo superior de papeletas y de votos. No se trata de que gane el P. Popular, mayoritariamente, se trata de que el socialismo del Presidente pierda prestigio, valor, y votos. En caso contrario, nada de todo lo dicho dejará de convertirse en una lamentable realidad.
Parménides.


Luis dijo
No se pude votar PSOE, esos individuos rastreros ya que son unos irresponsables atrapados por sus caferías y sumidos en el odio, la venganza y el terrorismo. Al que llaman progresismo y libertad.
23 Marzo 2007 | 11:53 PM