LISTAS ABIERTAS, PARTIDOS CERRADOS.

A ciencia cierta estoy convencido que este país no está situado entre los primeros en el ranking de celebración de elecciones. Lo que sí puede afirmarse es que, para los elegibles, no son de lo más pesado que puedan realizar en su vida profesional, sea esta la que sea. La misma accesión a una lista ya es de por sí de lo menos fatigoso. Es suficiente gozar del apoyo y asistencia de un padrino bien situado, y cuanto más elevado mejor, para lograr un número ordinal en esa lista que permita tener la esperanza, cuando no la seguridad, de que se saldrá electo. Los codazos para situarse tampoco son tales, y las remisiones de curriculum brillan por su ausencia. Son otros los parámetros utilizados. En primer lugar, es precisa una ubicación territorial adecuada. El reparto de plazas tiene un primer rasero que es la pertenencia a una de las diferentes comunidades autónomas. En segundo lugar, ese padrinazgo debe actuar con la elección inicial de entre los distintos candidatos territoriales. El tramite subsiguiente no es sino el recibir el visto bueno de los propios correligionarios de la zona, del territorio; y ya por último, el refrendo, mero trámite burocrático, del Comité electoral pertinente. Y con ello se acaba la historia. Situado el candidato en un número con posibilidades de éxito, su actuación en campaña será más o menos intensa según sean de reales dichas posibilidades. Evidentemente, todo deberá desarrollarse sin crispación personal alguna, con parsimonia, con buen talante. Algún mitin sin preguntas ni respuestas, algún debate más o menos pactado en tiempo y temas, alguna entrevista en televisión o en radio, más o menos templada, y artículos, colaboraciones insertas en periódicos de la zona. De la calle, poca, mejor ninguna. Contacto con el ciudadano, poco, mejor ninguno. Ya se acabaron, ya fenecieron los tiempos en que los candidatos y candidatas se aposentaban a las puertas de salida o entrada de las grandes superficies repartiendo sonrisas y trípticos; o paseaban todas las tardes por las calles comerciales o principales de las ciudades y pueblos distribuyendo programas extractados o folletos informativos. Al tiempo que ello sucedía, pedían la confianza del transeúnte y le solicitaban su voto. Este, el votante, veía el rostro del candidato en la proximidad, sin la lejanía de un cartel o valla, sin el retoque del maquillaje o del photoshop. Por ello, tal cercanía, en ocasiones, incluso permitía alguna pregunta por parte del elector, y alguna respuesta por parte del elegible. En otras y según le iba en la feria, el candidato era rechazado, su folleto propagandístico tirado al suelo, y algún ex abrupto llegaba a su oídos. No obstante, nada de todo ello era malo. Al contrario, el pulso de la calle, de la ciudadanía, estaba al alcance del político de turno que, por si mismo, podía tocar qué estaba recorriendo las inquietudes de los ciudadanos, al tiempo que con esa palabra gruesa o despectiva iba curtiéndose, poniendo callo, tan necesario en la futura función política. Ahora todo ha pasado a mejor vida. La calle se llena de vallas publicitarias, de algunos vehículos recorriéndola con una megafonía grabada en un Cd, previo encargo, pagado naturalmente, de los recorridos a algún mozalbete. Sin embargo, de aquello que pudiera ser más interesante, más necesario, es decir, la presencia activa y personal del candidato, eso brilla por su ausencia. El candidato prefiere el frescor o el calor del despacho, de los focos de alguna televisión, de algún rifirrafe pactado con el adversario escogido, y poco más. La consecuencia de todo ello, aparte de acreditar la improcedente profesionalización del político de turno, es el alejamiento del ciudadano ante el escenario sin actor que se le expone a su visión. Y, como añadido, la nula corriente de responsabilidad - confianza entre ambos, candidato y elector, que llega, incluso, a la ignorancia o desconocimiento del primero por parte del segundo.
Tal situación, merece de un serio análisis, y reconsideración. El que la actual ley electoral permita que dos o tres diputados pertenecientes a un partido localista, o nacionalista, tanto da, inclinen la balanza en temas trascendentales para todo la nación, o incluso ayuden a conformar y mantener a un gobierno, es un hecho que viene sucediendo desde las primeras convocatorias electorales. Lo cual es tanto como decir que unos pocos, cien mil votos, por ejemplo, pueden dominar, regir e imponerse a diez millones. Y sin ninguna responsabilidad política de su decisiones, pues, dicen, ellos no se deben a la nación si no a su nación. Tal acontecer debiera solventar modificando la actual Ley y marcando no solamente el derecho de participación electoral, sino también sus condiciones para alcanzar una representación suficiente dentro del contexto estatal, no local o autonómico. En otro orden de cosas, resulta incomprensible que, trascurridos más de doce meses desde la toma de posesión de sus cargos, todavía haya diputados que no han dejado oír su voz a la Cámara. Repasar las bases de datos de legislaturas anteriores permite descubrir que han existido diputados que, en más de una legislatura, ni tan siquiera han formulado una pregunta escrita. Hecho absolutamente recriminable, que, con el actual sistema, escapa al control del ciudadano. La solución está en su modificación y acabar con las elecciones en listas cerradas, para ir a la búsqueda del voto en circunscripciones más pequeñas por candidatos concretos. Seguramente ello obligaría a selecciones previas, al estilo de las primarias estadounidenses, pero ello no puede significar ningún gran obstáculo, ni excusa, si se pretende una mayor implicación del ciudadano en la política, y del candidato y político en la vida ciudadana. Ambas partes quedarían más involucradas, tanto en sus promesas o compromisos como en sus exigencias y reconocimientos. Evidentemente, cada candidatura debería estar auspiciada por un partido político, pero no por ello debería ser única, sino que la diversidad enriquecería la confrontación, así como la elección fijaría mayores cotas de responsabilidad. El candidato electo, vendría obligado a dar cuentas de su gestión, de su actuación, en forma más o menos frecuente, para, al final, cuando la abertura de una nueva confrontación, poner a examen de sus electores el resultado de su mandato, y el cumplimiento o incumplimiento de sus compromisos. El sistema, así pues, debería modificarse, en primer lugar, disminuyendo la trascendencia de unos poquísimos votos en la política general, y en segundo lugar, abajando al candidato a niveles territoriales lo suficientemente reducidos para que la relación con sus electores sea directa, y no con la infraestructura de partido que se antepone como barrera entre ambos; y ya, en fin, implantar el sistema de listas abiertas, con posibilidad de voto directo al candidato y no a la candidatura elegida desde el partido de turno. Con todo ello, se entiende, se pasaría de tener candidatos de partido, a representantes de los ciudadanos. Quizás con ello los niveles de abstención se reducirían, potenciándose, motivándose, la participación ciudadana. Mientras tanto, los asentados en el poder, se lo están pensando, lo están quizás estudiando, pero no parece que lo hagan para calificar su estudio con un progresa adecuadamente.
Parménides.
