EL NUEVO GRAN JEFE

El Gran Jefe de los Dewamish, Seattle, dio una respuesta al Presidente Franklin Pierce por su oferta de compra de los territorios en los cuales se asentaba su tribu. Ello aconteció por allá el año 1872. Esa carta, difundida últimamente por N.U. dentro de su programa en defensa del Medio Ambiente es considerada como una especie de vademécum del primer ecologista de la historia. En ella el Gran Jefe hace un canto espléndido a la naturaleza, a la madre tierra, al viento, al aire, a los árboles, a los ríos. Es, efectivamente, un grito en defensa de todo cuanto rodea al hombre en medio de la naturaleza Una bellísima carta impregnada de sentido común, amor a las tradiciones y al respeto de toda la tierra. Hermana tierra, hermana agua, hermano aire, hermano bosque, así les llama el salvaje piel roja, como años atrás, muy atrás, comenzando el siglo XIII en un pequeño villorrio de la Perugia italiana, otro jefe, pequeño éste, insignificante en su humildad, también extendía a todo el universo un canto de fraternidad y amor, el poverello de Asis. Seguramente, en un intento de emulación no del santo seráfico, sino del indio Seatle, nuestro hombre en la Moncloa ayer dio a luz, nuevamente, una de sus ya tópicas y típicas horteradas; la tierra no es de nadie, salvo del viento, endosó al auditorio próximo y lejano, para inmediatamente, con gesto teatral, algo trágico y sumamente cómico, hacer mutis por el foro. Ahí quedó, flotando en el aire, en el viento del gran salón la cursi afirmación como colofón de un discurso tan vacuo, tan vacio, tan infantil en el fondo, como grandilocuente y endiosado en las formas. Nuestro nuevo gran jefe, está por la economía sostenible, por la energía sostenible, por la agricultura sostenible, por la tecnología sostenible, pero, el país entero ya no se sostiene. El gran jefe leonés, dice, nos habla del futuro, de un futuro optimista, de un futuro salvífico, de un futuro limpio y pulcro, de un futuro pletórico de bienestar. Pero, el nuevo gran jefe no nos dice qué está haciendo para lograrlo, y solamente nos endosa, día sí y día también, sus cursis peroratas, sus nimios discursos, sus patéticas frases. El nuevo gran jefe mira al futuro, para no ver el hoy, ni el mañana más próximo. El hoy, este hoy, está lleno de pesimismo, está lleno de desilusión, está lleno de hartazgo, está lleno de desesperanza y, por encima de todo, está lleno de hastío. El pueblo llano, el autónomo, la ama de casa, el currante diario, el mileurista o el pequeño empresario, el taxista, el agente comercial colegiado, la secretaria, el ciudadano corriente está harto de buenas palabras, de cantos a la esperanza, al tiempo que comprueba como los políticos se gastan su dinero, el dinero de sus impuestos, en abrir y cerrar zanjas, en colocar grandiosos carteles propagandísticos, en abrir carriles bici que nadie utiliza, en comprar coches para usos oficiales, en adquirir palacetes para uso propio u oficial. El ciudadano corriente está harto de que los políticos salgan en los periódicos no por sus acciones ejecutivas, sino por sus conductas presuntamente delictivas. El ciudadano corriente está harto de mirar hacia los gobiernos, tantos y tan poblados, y no ver a ninguno de sus miembros que le trasmita ningún valor, ninguna virtud, y sí mucha apropiación para beneficio propio. El ciudadano corriente está harto de que cada cuatro años le pida su confianza, y cada día el peticionario se la defraude. El ciudadano corriente está harto de experimentar que, mire hacia donde mire, la casta política está plenamente asentada e impregna toda la vida de la ciudadanía. El ciudadano corriente, en fin, está al borde de la quiebra y el nuevo gran jefe le habla del viento. Y así se podría continuar, hasta que los dedos se harten, también, de teclear ideas y situaciones. Resulta inaudito que este nuevo gran jefe nos hable de salvar la tierra, cuando las puertas de las iglesias están rodeadas de colas de ciudadanos a la espera de un bocata, o los comedores de beneficencia deben hacer turnos para atender a tanto cliente. Efectivamente, el mundo, la tierra está llena de demasiados pobres, y de otros demasiado ricos, pero, por desgracia, también está llena de hombres que, como el nuevo gran jefe, pretenden que todos le sigamos encandilados, adormecidos, hipnotizados por sus horteradas. Unas horteradas cursis y banales que, por desgracia, no se las lleva el viento. Y la vida sigue.
Anónimo Veneciano
